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La figura de Gad aparece en los relatos davídicos como un profeta “de palacio”, pero nunca subordinado al rey. En 1 Samuel 22:5 lo encontramos por primera vez aconsejando a David, que aún vive como fugitivo, que no permanezca en la fortaleza, sino que vuelva a la tierra de Judá. Este gesto inicial muestra una constante: Gad no se limita a legitimar decisiones, sino que las corrige y reorienta según la voluntad de Yahvé. En este sentido, actúa como contrapunto a la tentación del poder de refugiarse en la seguridad militar y política: la verdadera seguridad proviene de habitar en la tierra bajo la promesa divina.

Su papel más decisivo ocurre en 2 Samuel 24, cuando David, llevado por el orgullo y la desconfianza, ordena el censo militar de Israel. El gesto, que parece meramente administrativo, es leído en clave teológica como un acto de autosuficiencia: contar al pueblo equivale a convertirlo en recurso del rey, en lugar de reconocerlo como pueblo de Dios. La respuesta divina es inmediata: una peste se abate sobre Israel. Allí entra Gad, que se convierte en mediador de juicio y de gracia. Su mensaje a David no suaviza la culpa, sino que la confronta: tres opciones de castigo se le ofrecen al rey, recordándole que sus decisiones tienen consecuencias sociales. El pecado del soberano repercute en la vida de los súbditos.

 

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Fragmento de uno de los manuales de estudio (neviim)

Elías aparece de improviso “de Tisbé en Galaad” (1 Re 17:1), sin genealogía ni cortejo, como signo de que la autoridad profética no se hereda por linaje, sino que irrumpe desde la periferia para juzgar el centro. Su primera palabra decreta sequía “según mi palabra”, desafío directo a Baal, deidad cananea de la tormenta a la que Acab y Jezabel han dado estatus oficial. La escena inicial en el Kerit y luego en Sarepta (territorio sidonio, 1 Re 17:8–24) ya traza dos líneas teológicas mayores: Yahvé sostiene la vida del profeta en la intemperie y, a la vez, bendice a una viuda extranjera. La resurrección del hijo de la viuda no es un “número” taumatúrgico; autentica que la palabra de Yahvé en boca de Elías “es verdad” (17:24) y, de paso, desborda las fronteras de Israel: el Dios que juzga a su pueblo alimenta y devuelve vida en casa de una sidonia, corazón del mundo baalista.

El episodio del Carmelo (1 Re 18) concentra la disputa teológica y política. Elías convoca a todo Israel y pone en evidencia la ambivalencia popular con una metáfora incisiva: “¿Hasta cuándo estaréis cojeando entre dos muletas?” (18:21). No se trata de escoger “religión”, sino de decidir quién sostiene la vida. El diseño del duelo —sin

fuego humano, con altar reconstruido según las “doce piedras”— desautoriza la técnica y remite al pacto: el Dios que respondió con fuego en el Sinaí responderá si el pueblo vuelve.

La escena de los profetas de Baal, con danzas y autoheridas, exhibe la impotencia del culto estatal; la breve plegaria de Elías (“para que conozca este pueblo… que tú les haces volver el corazón”) revela el objetivo pastoral: no humillar al adversario, sino convertir a Israel. El fuego que consume sacrificio, piedras y agua funciona como teofanía judicial; y la lluvia que finalmente cae muestra que la verdadera fecundidad no depende de Baal. En clave narrativa, la ejecución de los profetas de Baal junto al Quisón clausura el episodio con un veredicto severo propio del antiguo ordo sacral; leído hoy, exige distinguir entre el juicio simbólico contra un sistema religioso opresivo y cualquier pretensión de legitimar violencia religiosa en contextos modernos.

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